11/21/2009

ANTOLOGIA CUENTO ESPAÑOL



El único relato de Terror (dedicado a Dante G. Rosetti) que se incluye en esta Antología publicada por la Universidad de Nebraska, es "Poemas de Muerte".

11/16/2009

Enlaces interesantes

En PULPNIVORIA pueden encontrarse comentarios muy interesantes sobre TERROR.
Enlace para acceder:

http://pulpnivoria.wordpress.com/2009/11/05/ralph-barby-en-el-terror/


ADICTOS AL TERROR

Artículo publicado en “BOLSI & PULP”

Enlace para leerlo:

http://encontretuslibros.blogspot.com/2009/11/adictos-al-terror.html

9/25/2009

TIMBA DE COLEGAS

© Ralph Barby


New York, Noviembre 2009.

Sentado frente al escritorio, Narváez observaba la pantalla de su ordenador portátil sin demasiado interés. El aparthotel era pequeño pero suficiente para trabajar a solas con el ordenador, un aparato electrónico que no sólo le mantenía unido al bufete de abogados para el que trabajaba, sin importar las distancias, sino que también le mantenía unido al mundo social.

Unos golpecitos en la puerta le hicieron volver la cabeza y antes de que pudiera preguntar, una voz femenina con acento puertorriqueño anunció:
—Señor, servicio de habitaciones...
Dio una ojeada a su reloj y frunció el ceño, era ya muy tarde, casi de madrugada. Aquellos malditos horarios americanos le habían trastocado el estómago. ¿Le subirían unos sandwiches, como otras noches? Se levantó de la silla, fue hacia la puerta y la abrió sin recelo olvidándose de en qué ciudad estaba.
La pequeña y delgada portorriqueña desapareció por detrás de la mole humana de un afro-americano de tez bastante clara, bigote recortado y pelo cortado a lo marine en periodo de instrucción, pero lo que más destacaba de él, eran sus dos metros de altura y sus más de cien kilos de peso. ¿Qué puñetas comerán estos tíos”, pensó el abogado español.
—Hola, chico, tú te portarás bien con nosotros...
Narváez se percató entonces de que la situación era peor de lo que había temido desde un principio. Detrás del afro-americano iba otro hombre más bajo, aunque no demasiado, llevaba también el pelo cortado al cepillo y sus ojos glaucos no presagiaban nada bueno, pero lo que más le agrió la sonrisa que trato de ofrecer para suavizar la situación ante la desagradable e impertinente visita nocturna, fue observar la pistola provista de silenciador con que le apuntó el caucásico. Cerraron la puerta y quedaron aislados dentro del pequeño aparthotel ubicado en una de las siete plantas del establecimiento hotelero, dentro del rascacielos en que se hallaba ubicado.
—¿Esto es un atraco? No tengo dinero. ¿Qué os podéis llevar?
—Nada chico, nada. —Le mostró unos grandes dientes que parecieron muy blancos. El caucásico observaba en silencio, quizás no sabía hablar español, también era posible que sí lo entendiera aunque sólo fuera en parte—. No queremos nada, pero que nada de ti, sólo hemos venido a darte un recado, nada personal, pórtate bien y será mejor para todos. Yo no quiero que mi compañero use la “pipa”, es muy silenciosa.
—¿Nada personal? ¿Quién os envía?
—Sssssss.... —El afro-americano, que no se había preocupado de pronunciar ningún nombre, pidió silencio prolongando aquel sonido que recordaba a un reptil—. Anda, desnúdate, y pon la ropa plegadita sobre la cama.
Narváez retrocedió un par de pasos. Sin darles la espalda, tratando de mantener su dignidad, preguntó:
—¿Y si no obedezco?
—Eso no sería bueno para ti, chico, porque mi amigo te hará unos agujeritos en los pantalones a la altura de las rodillas y eso hace daño, mucho daño, y es una pena porque te va a estropear esos pantalones tan elegantes, tú vistes caro, chico.
—Si no me decís quien os manda, no vais a conseguir nada de mí —les dijo con su mejor tono de voz para transmitir seguridad.
El afro-americano se encogió de hombros y se hizo a un lado. Con el dedo le indicó a su compañero que podía transformar la amenaza en realidad y el sujeto de los ojos glaucos y gélidos apuntó con su arma de cañón desmesuradamente largo hacia las rodillas de Narváez. Éste, que no dudó ni un instante en que aquel desconocido apretaría el gatillo del pistolón, cambió el tono de su voz:
—Está bien, está bien —aceptó mientras se preguntaba quién habría pagado a aquellos matones para que le dieran un “repaso”. Quizás unos golpes serían menos traumáticos que unas gruesas balas haciéndole destrozos en las rodillas. Comenzó a desnudarse y a dejar sus ropas sobre la cama.
Revolverse contra aquel par de killeres a sueldo no parecía una buena idea, los momentos que estaba viviendo no era ninguna escena de película donde el protagonista se deshacía de sus atacantes con relativa facilidad. Quiso conservar parte de su maltrecha dignidad y no se quitó los calzoncillos ni los calcetines. Ya asustado, como quien se va a someter al torno del dentista, al ver que la manaza enorme del afro-americano se había armado con un puño americano, le pidió:
—No me des en la cara, te pagaré lo que me pidas.
—Chico bueno —silabeó sonriente al tiempo que le lanzaba un gancho de derecha de abajo arriba que fue a buscar el hígado del español que, instantáneamente, perdió el mundo de vista.


Madrid, Noviembre 2008.

Cuando Narváez pisó la gruesa moqueta al abandonar el ascensor, no hizo falta que le juraran que había llegado al ático del regio y lujoso edificio, al sanctasanctorum del prestigioso bufete de abogados y asesores fiscales “Damián y Fontana”. Dejó tras de sí un par de puertas abiertas y cerradas de inmediato por vigilantes rigurosamente uniformados. En el suntuoso y amplio despacho, la moqueta ya no era tal, sino un combinado de ricas alfombras asiáticas.
—Siéntate —ordenó más que sugirió don Damián sin siquiera mirarle mientras terminaba de teclear en su portátil abierto sobre la gran mesa de caoba cubana.
Narváez sabía muy bien, como todos en la poderosa empresa de abogados y asesores fiscales, que el dueño absoluto de aquel pequeño imperio de juristas no era nada amigo de los compadreos y tenía muy bien marcadas las distancias para todos sus empleados, fueran de la categoría que fueren. Se mantuvo callado y aguardó. Al fin, el patrón cerró su portátil y se encaró con el empleado. Entre los dos hombres había una gran diferencia física, altura, volumen, rasgos de rostro, cabellos, todo un porte varonil y de elegancia que Narváez llevaba con sencillez sin afectación. Para don Damián, ser bajito carecía de importancia, muchos dirigentes poderosos habían sido cortos de estatura como él: Franco, Aznar, Pujol, por no mirar a muchos otros personajes de gran relieve, decía. Eso lo que solía decir, sí, pero para las fotografías o grabaciones de imagen evitaba quedar inmortalizado junto a hombres como Narváez. Tampoco su cabeza estaba llena de largos cabellos, ni su rostro tenía aquello tan difícil de describir que sí parecían tener los hombres como Narváez o muchos otros que se prodigaban por las pantallas, pero, pero, él tenía el dinero y un interesante entramado de poder.
Sonrió, o quizás llegó a creer que sonreía antes de decir:
—Tengo algo muy interesante para ti, por eso he dado orden de que vinieras a mi despacho.
A Narváez no le gustaba aquel tuteo al que sabía no le estaba permitido corresponder, mezclado con el tono patriarcal que solía emplear el gran dueño del poderoso bufete de abogados y asesoría fiscal.
—Ya sabe que siempre estoy dispuesto para el bien de su empresa, don Damián.
—Sí, claro, claro —aceptó, tratando de mantener la sonrisa conciliadora que su empleado de alto nivel profesional sabía no era sincera—. Tengo un nuevo puesto para ti, te gustará y mucho.
Ahora, quien forzaba la sonrisa era Narváez, que no olvidaba en ningún momento mantener las formas que exigía el gran patrón.
—Seguro que si usted me ofrece un nuevo puesto, será inmerecido para mí, don Damián.
—Muy bien, Narváez, siempre tan modesto —mintió—. Eres muy bueno con el inglés y vas a ocupar el puesto de segundo asistente en nuestra Delegación de Nueva York.
Narváez era muy buen jugador de poker, pero la propuesta que acababa de oír le disgustó tan profundamente que le costó no ensombrecer su rostro. Tanto le molestó que llegó a ser consciente de tener testículos dentro de los pantalones. Había esperado que le ofrecieran otro cargo más interesante, responsable del “área de recursos al Supremo”, pero no, no había sido así, lo querían enviar lejos, a Nueva York, y nada menos que de segundón. ¿Por qué y para qué?
—Muchas gracias por su ofrecimiento y por haber pensado en mí para ese puesto, pero prefiero quedarme en Madrid, don Damián.
—Ah, no, no, tú te vas a Nueva York, allí puede hacernos falta un profesional brillante como tú.
Rápido de reflejos, Narváez comprendió que no podía abandonar aquel despacho comiéndose lo que él consideraba un “marrón”.
—Le repito las gracias, don Damián, pero prefiero seguir aquí. Con el puesto que ocupo, ya estoy más que satisfecho.
La sonrisa se había borrado del rostro del “mandamás”, su diestra se posó sobre el ordenador portátil cerrado y su dedo apuntó al hombre que tenía al otro lado de la lujosa mesa de caoba, era casi como si le estuviera apuntando con una pistola.
—No me hagas perder más tiempo, te irás. Tu despacho lo ocupará Jorge de la Piedra.
—¡Jorgito! —exclamó, sorprendido.
—Jorge de la Piedra es joven pero muy bueno, acaba de ganar un importante caso que nos interesaba mucho. —Suspiró con cierto aire de pesadez—. Está decidido, tienes una semana para hacer el equipaje. Por supuesto percibirás los extras de dietas y demás, no podrás quejarte. El dólar vale menos que el euro, pero tú seguirás cobrando y dándote la buena vida en euros.
—Lo siento, don Damián, pero me quedo en Madrid. Me gusta viajar, pero sentirme como desterrado no me va.
El desafío ya estaba abierto. Don Damián sabía muy bien que a aquel abogado, no joven pero sí un adulto en espléndido momento de inteligencia y profesionalidad, no podía manejarlo como a los funcionarios trepas y medradores que tanto y tanto abundaban por los ministerios y demás instituciones. Narváez era un “gallito” y parecía necesario advertirle, dejarle claro que podía cortarle la cresta.
—Don Damián, ¿podría deducir que está molesto conmigo de forma personal?
Tensó los labios; el superior, una línea fina; el inferior, gordezuelo como el de un niño ansioso de satisfacer sus caprichos, semejó hincharse.
—No te hagas el idiota, Narváez, sabes que tengo motivos y por ello he decidido que un cambio de aires te sentará bien.
—Ya —aceptó en principio Narváez, echándose hacia atrás en la butaca y exhalando un visible suspiro de fastidio antes de proseguir—: ¿No será porque me han visto con la Perrichola, verdad?
—Una vez, no, cinco —puntualizó, encendiéndosele ligeramente las pupilas.
—Es evidente que tiene buenos informadores, a menos que me haya puesto o le haya puesto a ella un detective detrás.
—Seguir con esta conversación, me fastidia. Tienes que reconocer que apareciendo en ciertos restaurantes y clubes nocturnos con ella, lo que has hecho es exhibir tus plumas de gallito, se te dan bien las mujeres y quieres alardear de ello, que se mantenga en el ambiente lo conquistador que eres, por eso escogiste a la Perrichola. ¿Acaso estaba menguando tu fama y precisabas una portada de revista?
Narváez bajo el tono de su voz que ahora trató de ser conciliador, disculpatorio.
—Don Damián, esa mujer no hace para usted. Usted, usted tiene otra dignidad mucho más elevada y luego está su señora esposa y su familia...
Los labios se le habían cerrado el gran patrón, los dientes rozaron unos contra otros antes de volver a separarlos para decir en tono ronco:
—Y a ti, ¿quién coño te ha preguntado lo que a mí me conviene o no?
Fue como si de pronto, en medio de la total oscuridad, Narváez pudiera ver por infrarrojos y descubrió entonces lo que no había visto antes, o quizás no había querido ver. Estaba constatando que la ira de don Damián estaba auto justificada porque consideraba a la Perrichola una cosa suya, aunque hubiera salido con ella muy pocas veces. Era un hombre respetado en los medios juristas, pero se había dejado ver saliendo del reservado de un restaurante o de un hotel de París, Londres o Barcelona, sí, se había dejado ver justo lo suficiente, a sabiendas de que había alguien cerca para descubrirle, cuchichearlo después y sonreír comprensivo. Don Damián tenía su “ligue” secreto y discreto para que su señora no se molestara, lo comprendería hasta el señor arzobispo del que era frecuente contertuliano. La Perrichola había sido la escogida, la seleccionada porque tenía “buen palmito”, aparecía en algunas revistas y alguna que otra vez en la “tele”, era conocida y deseada y tenerla como amante, en apariencia secreta, era colgarse atributos de “machito” para que nadie dudara de que los poseía. La Perrichola, sobre finos tacones de aguja de diez centímetros, se encaramaba hasta casi el metro ochenta. ¿Qué podía ofrecerle aquel tipejo a una mujer tan atractiva? El único instrumento sensual que ella podía aceptar de un amante semejante tenía que ser una caja forrada de terciopelo con una valiosa joya dentro o una tarjeta Visa-Oro. Y a don Damián le había sentado mal, muy mal, que Narváez se dejara ver públicamente con la mujer que debía pasar como su amante secreta, secreto que determinados círculos de amigos y colegas conocían. Era como si le hubiera coronado con una buena cornamenta o por lo menos, así se lo parecía a él y no estaba dispuesto a consentirlo. Aquel sentimiento estaba bien enraizado en la tradición de los “señoritos y caciques” de cortijos, cigarrales, pazos y demás, y de tantos otros prohombres que en la Capital del Reino tenían siempre a punto en la boca la frase: “¿Sabe usted con quién está hablando?”
—No sabía que para usted pudiera significar tanto, don Damián —mintió—. Ya no volverán a verme con ella, se lo aseguro.
—Demasiado tarde, Narváez, te irás a Nueva York y todo quedará olvidado.
Narváez comprendió que lo que el patrón del bufete pretendía era castigarle de una forma pública, que todos en su círculo de amistades y profesionales supieran que le aplicaba una represalia
—¿Y si no me marcho, don Damián? —Chispearon sus ojos, desafiantes, y su mentón se alzó algo rebelde.
Despacio, muy despacio como para que no se perdiera ninguna de las sílabas que pronunciaba, le dijo:
—La hipoteca de tu adosado en Alcobendas la tengo yo y por esa vida de maromo pavero que llevas, tu Visa está en rojo.
Se levantó de la butaca, Narváez fue consciente de que ya no se podía hablar más.
—Comprendido.

El “BMW”, repintado en negro y procedente de Valladolid, que había sido rematriculado en Madrid, a los ojos de un inexperto podía pasar por un coche de precio muy superior al de su valor real. Jorge de la Piedra estacionó el automóvil a doble fila, la calle estaba llena de vehículos. Las farolas iluminaban una noche húmeda, había llovido y la soledad urbanita se reflejaba en algunos charcos formados en baches del asfalto. Los “sin-techo”, abrazados a grandes cartones que habían servido para proteger frigoríficos, buscaban lugares donde la sucia lluvia no hubiera besado el suelo.
Tecleó en su telefonillo y aguardó abriendo una leve sonrisa de satisfacción en su rostro pulcramente rasurado.
—Claudine, encanto, soy Jorge.
Al joven bien trajeado, con corbata dorada para resaltar con una nota de color, la voz femenina le pareció algo somnolienta al responder.
—Sí, sí, ya lo veo en la pantalla —confirmó ella.
—¿Cansada?
—Un poco, he tenido un “curro” de auditorías que me ha dejado hecha unos zorros. En cambio tú, ¿a divertirte?
Con un tono algo despectivo pero que encerraba satisfacción explicó:
—Los coleguillas quieren tomar unas copas y puede que juguemos algo de poker, ya sabes, ese humo de tabaco que no tenemos en los despacho, un poco de “Chivas” y unas risas machistas.
—Sí, claro, claro —ella bostezó audiblemente, a Jorge no le pareció mal—, cosas de “machitos”. La verdad es que os estratificáis mentalmente en el instituto, pero será mejor que no siga, me saldría la vena feminista y ya sabes que eso en nuestro ambiente está mal visto. Que te diviertas, Jorge, muac, muac —articuló, sin llegar a construir aquellos besos lanzados al aire como si fueran pompas de jabón teñidas en rosa.
El joven abogado deseó contarle algunas cosas más a Claudine, quería explicarle dónde se iba a reunir con los compañeros del bufete, que charlarían, que tomarían unos whiskies, que quizás jugarían poker y que hablarían de mujeres como siempre y que él aprovecharía para hablar de sus éxitos, toda una redundancia, dar vueltas sobre lo mismo, tratar de hacerle ver que las plumas que le adornaban eran muy grandes y coloreadas, pero Claudine no le había dado tiempo para explayarse, cuando él se sentía lleno de burbujas generadas con un detergente llamado satisfacción profesional.
Dio un pequeño giro a la llave y el motor comenzó a ronronear con suavidad. El vehículo rodó por las estrechas calles del viejo Madrid, coches aparcados por todas partes, era muy difícil encontrar un hueco y había que demostrar gran habilidad en el manejo del volante para hacer los giros en aquellas calles y no salir con la pintura rayada. Al fin estacionó el vehículo donde no debía, lo normal en la mayoría de los conductores por aquel barrio madrileño y por muchos otros. Pulsó uno de los timbres del portero automático.
—Soy Jorge —se identificó .
Todo el edificio era viejo, viejo como las fincas colindantes y las del otro lado de la calle. Los sumideros de las cloacas hedían, el interior de la escalera olía a repollo cocido con casquería de cordero, un olor que impregnaría el sueño nocturno de quienes allí debían hacinarse tras las viejas puertas, rebarnizadas menos veces de las que hubiera sido menester para una buena conservación. No necesitó subir escaleras. Una puerta que en tiempos ya olvidados correspondía a la vivienda de la portera, ya estaba abierta y cuando se cerró a su espalda, todo olió diferente, allí dentro funcionaba un acondicionador de aire. Aquella especie de apartamento casi soterrado, pertenecía a alguien, Jorge de la Piedra aún no sabía a quién, pero allí podían reunirse de manera informal, podían beber y decirse a la cara unas cuantas cosas que en otro lugar no se entenderían, era como un puerto franco que todos aceptaban para desahogarse sin más problemas. Luego, al día siguiente, allí no quedaba nadie. Una persona de confianza llegaba para hacer una limpieza a fondo y dejaba el apartamento listo para otra ocasión. Quizás alguien (Jorge de la Piedra lo ignoraba), pasaba por allí con alguna mujer que no deseaba mostrarse en público y ambos retozaban sin más, era posible que alguien pagando, alguien cobrando o alguien prometiendo algo, algo que posiblemente tardaría en cumplirse si es que así sucedía.
—Hola, Narváez —saludó Jorge, e hizo lo mismo con los otros cuatro hombres allí reunidos.
—Has sido el último en llegar, Jorgito —respondió Narváez, y añadió —: Últimamente andas muy atareado.
—Sí, tengo mucho trabajo —admitió Jorge de la Piedra—, ya conocéis a don Damián, lo exigente que es. ¿Y tú qué? Corre la voz de que te vas a Nueva York, claro, con el inglés que te gastas, te irá de maravilla.
—Sí, de cojones —admitió Narváez, provocando sonrisas y risitas en los demás.
—Pues me había dado la impresión de que era un traslado O.K. para ti y no precisamente “chungo”.
—Sí —prendió un cigarrillo con su encendedor de oro que tenía grabado el nombre de una mujer que él no trataba de ocultar—, y ahora me vendrás con la milonga de que los que vuelven de América terminan como asesores en la Moncloa y cobran pasta gansa.
Andrés, otro de los juristas allí reunidos, intervino rasgando el paquete que contenía una baraja de naipes franceses.
—¿Empezamos? Aquí hemos venido a jodernos los unos a los otros, eso es lo divertido entre amigos y colegas, reírse del que pierde y decirle que no le cuente las pérdidas a la parienta.
Narváez alargó su mano como exigiendo el mazo de naipes, no le hicieron falta palabras; a los pocos segundos, sus dedos ágiles barajaban los naipes con gran pericia, el leve ruido del entrechocar de las cartas y luego, golpecitos sobre el tapiz verde, era como un mago cartomántico dispuesto a sorprender a su público.
—Jorgito, será mejor que esta noche sólo observes para ir aprendiendo —dijo sin mirarle, sin quitarse el cigarrillo de entre los labios mientras hablaba. Sus manos estaban ocupadas barajando los naipes casi como una exhibición.
La respiración que brotó por la nariz del joven Jorge de la Piedra sonó casi como un bufido; sin embargo sus palabras salieron por entre sus labios controladas, sin altos ni bajos en los tonos.
—No me gustaría insistir en que lo de Jorgito quedó atrás, soy Jorge o simplemente de la Piedra. —Se quitó la chaqueta, la colgó en el respaldo y se acomodó en la silla. Acodó sus brazos sobre el tapiz verde y agregó—: Y voy a jugar, a eso he venido.
Leopoldo, el mayor del grupo, no era necesario preguntarle la edad, se le notaba en sus cabellos totalmente canos, tosió bronco. Luego, ya más repuesto, se rió levemente como disculpándose y dijo:
—Jorge, aquí no se obliga a nada, venimos a relajarnos, a reírnos un poco los unos de los otros, a contar trapos sucios de alguien, quizás del que no ha venido, esto no es una timba de terratenientes, no te vayas a asustar. Cuando veas que te han volado algunos euros de más, dices que una chavala te espera en la cama y todos lo comprenderemos.
—¿A cuánto es la apuesta? —preguntó Jorge de la Piedra sin lograr sonreír.
El veterano Leopoldo, en tono displicente, con su voz cargada concretó:
—Un euro y veinte máximo por mano, como verás somos moderados.
Con el mazo de naipes de canto, sujeto entre el dedo pulgar y los dedos índice, corazón y anular de su diestra, Narváez dio un ligero golpe sobre la mesa para decir después:
—¿Por qué esta noche no hacemos la apuesta a cinco y la mano a cien? —Se produjo un leve silencio, Narváez prosiguió—: Como me voy a marchar pronto a Nueva York, ya no os podré limpiar más.
Se miraron los unos a los otros, aquel tipo de apuesta no era lo habitual. Al final todas las miradas convergieron en el rostro del joven Jorge de la Piedra, el cual, encogiéndose de hombros, aceptó:
—Por mí, O.K.
Siempre haciendo alarde de habilidad en el manejo de los naipes, Narváez comenzó a repartirlos al tiempo que opinaba:
—Ya lo dice don Damián, Jorgito va sobrado.
El aludido transformó sus labios en una fina línea como si fueran una compuerta que impidiera salir aquello que se agolpaba en su garganta.
—Vamos, Narváez —intervino Leopoldo—, da la mano y no largues tanto que te va a hacer falta más whisky para remojarte la lengua.
El ambiente estaba tenso desde un principio, quizás el único que no había previsto la situación nada más entrar en el apartamento había sido el propio Jorge de la Piedra. Para todos era el bisoño, una bisoñez que no tenía porqué restarle inteligencia; sin embargo, todos sus colegas y compañeros poseían “attachés” repletos de experiencia y por contra el suyo aún estaba vacío, aunque él no se percatara bien de ello.
La salita de aquel apartamento pagado a escote se fue llenando del humo y del olor a tabaco que no estaba permitido en el prestigioso bufete de abogados en el que todos ellos trabajaban. Las partidas de poker se fueron sucediendo, con humor y bromas forzadas, no se había creado la corriente de divertimento que en otras noches similares a aquella les había hecho pasar horas de camaradería.
—...Van treinta más y así completo los cien —dijo Narváez poniendo sobre el centro de la mesa un billete de veinte euros y dos de cinco. Luego juntó sus cinco naipes sin mirarlos, transpirando seguridad.
Los demás jugadores fueron dejando caer sus cartas abandonando la partida a excepción de Jorge de la Piedra que juntó monedas y billetes que puso encima de los que ya estaban amontonados en el centro del tapiz.
—Los veo.
—Full a dieces, te voy a limpiar, Jorgito.
—No esta noche —replicó el joven abogado—. Escalera —sentenció mostrando sus cartas.
El rostro de Narváez semejó petrificarse por unos instantes, luego se fue suavizando hasta ofrecer una especie de sonrisa que sin embargo resultaba amenazante.
—Vaya, vaya con Jorgito, tiene la flor en el culo, lo que no sé es si tiene un clavel o un capullo de rosa.
Antes de que nadie pudiera reír la frase de Narváez, Jorge de la Piedra, que había estado controlándose todo el tiempo para no encararse desafiante con el colega que hasta aquel momento había admirado, separó sus labios y como si dentro de ellos hubiera ocultado una ballesta armada con una afilada flecha, disparó:
—El capullo con muchas espinas en el tallo y que te he metido doblado esta noche.
La crispación se reflejó en el rostro de Narváez, pero antes de que esa crispación se rompiera ruidosamente como una botella de cristal cayendo inesperadamente de la mesa al suelo, la expresión se congeló en su rostro para luego transformarse en una sonrisa de abierto desafío. Leopoldo tosió forzadamente para romper el silencio y levantándose de la silla, decidió:
—Por esta noche ya está bien, mañana tendré que desayunar un bocata de calamares. —Se rió con aquella voz que sonaba lastrada con las flemas de su garganta y no consiguió que su gracia prendiera en los demás que, sin embargo, fueron levantándose a su vez para dar por terminada la “timba de colegas”.
—Jorgito, no es necesario que te vayas tan pronto —le dijo Narváez—, tú y yo todavía podemos jugar una mano a solas.
—Gracias, maestro —comenzó sarcástico—, pero por esta noche ya es suficiente, me llevo unos setecientos libres de impuestos, claro que si para tu despedida quieres que te invite a una mariscada, por mí no hay inconveniente.
Mientras se ponía la chaqueta, Leopoldo opinó entre risas:
—El chico los lleva bien puestos, será un buen sucesor tuyo, Narváez.
Y se alejó riendo, acompañado de los demás, a excepción del propio Narváez que no había hecho intención de levantarse de la mesa y de Jorge de la Piedra que repartía el dinero ganado entre su cartera y los bolsillos de la chaqueta. Se sentó de nuevo frente al jurista que había admirado tanto nada más ingresar en el prestigioso bufete y suspiró.
—Ya estamos a solas.
Narváez barajó los naipes, puso el mazo en el centro de la mesa y pidió:
—Levanta.
Jorge de la Piedra aceptó el envite, dejó casi medio mazo separado del resto y una carta quedó a la vista.
—As de diamantes, ¿qué te dice?
—¿Se trata de una sesión de cartomancia? —preguntó Jorge, tratando de ser sarcástico.
Narváez aspiró el final del cigarrillo que estaba fumando y aplastó la colilla en el cenicero de bronce.
—Es el poder, el dinero —El propio Narváez levantó otra carta y apreció el rey de picas—: No te haré perder el tiempo, ésta representa a don Damián.
—¿Y nosotros con qué carta nos podemos identificar? —preguntó algo burlón—. ¿Somos la “J”, el caballero?
—Eso es lo que pretenden que nos creamos, pero no somos ni eso.
—Vamos, maestro, ¿cuál es la lección que quieres darme aquí y ahora?
—¿Tú también opinas que ya estoy “quemado”? ¿De verdad crees que el sonado caso que has ganado te lo encargó don Damián a ti porque yo no lo sacaría adelante?
Jorge de la Piedra, sintiéndose incómodo, carraspeó antes de hablar con un tono de voz nada desafiante, no deseaba marcharse de allí con unos cuantos zarpazos dados por el león herido:
—Yo siempre he creído que tú lo hubieras ganado lo mismo, pero se me confió a mí, nuestra profesión tiene movimientos de despacho. Tú te vas a Nueva York, donde deseo que lo pases bien, y yo sigo aquí. En todo este asunto, yo no he tenido otra intervención que sacar adelante el caso que don Damián me encargó y ahora, todos parecen darse cuenta de que estás molesto conmigo. ¿Qué puedo hacer yo? ¿Acaso tengo que disculparme por mis éxitos profesionales?
—No tan aprisa, no tan aprisa. —Encendió un nuevo cigarrillo, más como un ritual que porque ansiara fumarlo—. A la sentencia que te han dado le presentarán recurso.
—Cuento con ello, es decir, contamos todos con ello: Los clientes, don Damián y yo mismo, es lo habitual.
—Tú no has ganado nada, Jorgito, tú sólo has hecho el papel que te han dado, cierto que lo has interpretado bien, pero el magistrado está en nómina. No había que decirle nada sobre lo que don Damián deseaba para los clientes del bufete, él está en nómina a través de dos o tres empresas mercantiles que se cruzan, pero el magistrado y otros más como él saben muy bien de donde procede el dinero que les ingresan puntualmente en cuentas numeradas y no tengo por qué precisar más.
—No voy a escucharte, no me vengas ahora con que los magistrados prevarican. Estás resentido, este momento que pasas tómalo como un mal trago. Sino estás a gusto con el bufete, ofrece tus servicios a otro o móntatelo por tu cuenta, eres muy bueno, todos lo sabemos, no lo estropees ahora, tú todavía no eres mayor.
—Vaya, sólo me faltaba eso, el novato dándome lecciones, pues entérate, hay un buen número de magistrados muy obedientes y si sus actuaciones quedan en demasiada evidencia y un fiscal se atreve a acusarles de prevaricación, otro magistrado les da un capotazo y sobresee la imputación, “hoy por ti, mañana por mí”. Aunque se odien personalmente, son muy corporativistas y así les va muy bien. Nosotros, Jorgito, sólo somos actores representado comedias, a veces dramas y otras, tragedias, pero el libreto ya está escrito y no por nosotros. Este es el sistema y funciona, funciona muy bien porque viene de lejos, de familias, de grupos poderosos, ellos nos manejan como si fuéramos piezas de ajedrez, pero ninguna figura se mueve por sí misma, entérate antes de esponjarte en exceso por la satisfacción de haber ganado un caso sonado. Palmaditas en la espalda, felicitaciones y ahora, mi despacho, porque ya te lo han dicho, ¿verdad?
—Si no te hubieras ido a Nueva York, no lo hubiera aceptado —replicó y prosiguió nervioso—: No puedo aceptar lo que dices, ¿que hay algún juez prevaricador? Pues claro, también había un Judas en la última cena.
—Qué inocente eres —se sonrió detrás del cigarrillo—. Alucinarías si vieras la lista de los jueces que don Damián tiene en nómina.
Desafiante, Jorge de la Piedra inquirió:
—¿Esa lista la has visto tú?
Parecía increíble la larga columna de humo que Narváez exhaló tras haber aspirado del cigarrillo.
—Sí, y no me preguntes dónde ni cuándo, no te lo voy a decir.
—¿Es que piensas chantajear a alguien?
Narváez no quiso responderle directamente.
—¿Crees que Leopoldo, el más veterano, el que está a punto de jubilarse, no lo sabe? Claro que sabe lo que te digo, pero también sabe cómo vivir y el papel que le dieron a interpretar y lo ha hecho bien, sin alardes, como tú estás haciendo ahora, alardes de chico listo, de triunfador.
—Lo siento, pero ya hemos hablado suficiente, no quiero entrar en más discusiones contigo, dejémoslo por esta noche.
—Espera, espera, por tu juventud tienes mucha prisa y parece ser que sino metes el dedo dentro de la llaga no crees en ella; claro que no serías el primero ni el último que ni metiéndolo aceptaras la evidencia. Tú necesitas que te demuestren algo, que te demuestren que no eres tan listo como crees.
—¿Y me lo vas a demostrar tú? —inquirió ahora sonriente, manifestando que se sentía triunfador.
Narváez sacó su teléfono móvil y mostrándoselo a Jorge de la Piedra preguntó:
—¿Conoces el número de teléfono de mi apartamento?
Jorge sacó su propio teléfono móvil, movió su agenda y al fin, mirando la pequeña pantalla, dijo:
—Aquí lo tengo. ¿Cuál es el juego ahora?
—Toma mi móvil y marca el número, pero insisto, en el mío.
—Como quieras —aceptó Jorge. Pulsó las teclas e inició la llamada—: ¿Y ahora qué?
—Escucha, no hables —le dijo con sencillez, seguro de sí.
Jorge de la Piedra se llevó el móvil al oído y al poco escuchó una voz femenina que reconoció de inmediato.
—Cabroncete... ¿Cuándo vendrás? Ya me había dormido, me vas a encontrar fría... — fue diciendo la voz femenina, entre cariñosa y somnolienta.
Jorge estaba pálido y muy tenso, no podía creer lo que estaba sucediendo. Narváez le tendió la mano para recuperar su teléfono móvil y cuando lo hizo, cortó la comunicación. Los ojos del joven comenzaron a destilar odio, la admiración por el brillante jurista se había transformado en un odio que creía iba a ser insuperable..
—Eres más canalla de lo que creía —le dijo con lentitud, mordiendo las palabras.
—¿Canalla? No, no, Jorgito, sigo siendo todavía tu maestro, te hacía falta una lección. —En su mano, sonó y vibró su propio teléfono, pulsó la tecla de recibir y se lo llevó al oído—: Hey, preciosa, hay poca cobertura, se había cortado, muy pronto me tendrás a tu lado para follarte como estás deseando, huuuuu, un beso en ese coñito. Hasta ahora... —Cortó la comunicación, había mucha ira en los ojos del joven, al cual le dijo abiertamente—: ¿Y ahora qué? ¿Deseas pegarme un puñetazo? La creías tuya, ¿verdad? Ya ves que las cosas no son como crees. De todos modos, no te enfades con ella, yo me voy a ir a Nueva York, lo nuestro no tiene futuro, sólo es sexo y ahora no te hagas el imbécil, sal con ella y cásate. Claudine tiene futuro, viene de familia poderosa, terminará sentada en algún consejo de administración importante, seréis como tantos otros matrimonios con hijos estudiando en los Estados Unidos y alternando en fiestas sociales. Olvida lo que has oído, tú querías una demostración. En fin, no te creas que yo siempre salgo vencedor, no, quienes ganan al final son los tipos como don Damián.
Jorge de la Piedra tenía la respiración alterada, hacía visibles esfuerzos por contenerse. Al final optó por apretar los labios y se dirigió hacia la puerta dejando a Narváez solo, sentado ante la mesa con sus cartas y su cenicero humeante.
—¡Espera! —le pidió antes de que el joven cruzara la puerta de salida del apartamento—. Ahora ya no eres Jorgito, ahora eres Jorge. Suerte.
El joven abogado salió del apartamento deseando dar un portazo tras de sí, sin embargo cerró con suavidad dejando a Narváez solo.


New York, Noviembre 2009

Siempre se había preguntado cómo sentarían, cómo dolerían los golpes, aquellos espectaculares puñetazos que los boxeadores pesos pesados propinaban en sus combates, con los puños no enfundados con guantes sino con el metálico puño americano. Tenía la impresión de que el estómago le saldría por la boca y que el hígado, dentro de su cuerpo, ya sólo sería una emulsión de sangre y bilis. El aire frío acarició su rostro, tenía los ojos cerrados y le costó despegar los párpados. La visión era turbia, pero pudo ver a lo lejos, al fondo, la calle y los automóviles circulando en las dos direcciones. Fue entonces cuando adquirió conciencia de que colgaba cabeza abajo sostenido por los tobillos por unas poderosas manazas. No pudo ni percatarse de que se hallaba completamente desnudo, le habían quitado incluso los calzoncillos y los calcetines.
—A volar, chico, a volar —dijo la voz del gigantón que, abriendo sus manazas, le soltó los pies.
Narváez no gritó de terror, abrió los brazos y quiso volar mientras reía y reía olvidándose de los dolores y tumefacciones que laceraban su cuerpo. Los coches y el asfalto cada vez estaban más y más cerca, el trágico vuelo iba a ser rápido, muy corto, y Narváez nunca llegaría a saber quién le había pagado aquel último regalo.

9/01/2009

NUEVA OBRA EDITADA


La cubierta original es de color amarillo, como puede comprobarse en la web de Bubok.

8/03/2009

Dedicado a la Carmeta

“Mal nacidos”, dices, te llenas la boca, no llega a salir espumilla por entre tus labios porque lo que deseas es convencer sin estar convencida. Razón tienes al llamar así a quienes mal hacen, pero ¿qué clase de mal? ¿El “mal” es selectivo para ti? ¿Quiénes son los mal nacidos? Cuando el poder está en tus manos y algunas ovejas locas de negro lanaje perturban el rebaño, hay que echarles los perros. Claro que hay “mal nacidos” y están en todas partes; los hay que ya han sido enterrados, otros que les han heredado hace poco y otros que todavía no son embriones. El brillo de las estrellas siempre ha fascinado a la humanidad, por ello los muy sagaces utilizan esas estrellas para deslumbrar. ¿No crees que en vez de estrellas podríamos utilizar la simbología de los agujeros negros, esos que absorben, tragan, devoran...? Esa galaxia de estrellas, yo diría que de “agujeros negros”, se concentra en un espacio que amenaza siempre con expandirse y dominar a otras galaxias menores.
El ser humano es “el que es” y no el que “dicen que es”, homo hominis lupus. Qué vergüenza insultar así al lobo. El que aspira y se prepara para llevar armas, es porque desea utilizarlas. Quien vocea que las armas las tiene para la defensa sólo proclama debilidad. Cuando le preguntaron al Cardenal Cisneros cuáles eran sus razones, respondió sencillamente: “Mis razones son mis cañones”. Los pioneros que ocuparon América llevaban armas consigo y no era por temor a los animales precisamente, y cuando su debilidad se hizo manifiesta, llamaron héroes a los uniformados que mataban, genocidaban, saqueaban, cuando eso era posible. Los que ocuparon América desde Alaska a la Tierra del Fuego fueron “los invasores”. Mal nacido siempre es el otro. Si tienes poder, lo voceas mediáticamente para ser bien oído; si no tienes poder, si eres un sometido, lo gruñes a solas, consciente de que los sistemas fácticos eliminan al disidente y disidente es aquél que al pedir justicia sólo recibirá legalismos, prepotencia y la oferta de presentar recursos que, de aceptarlos, sólo pueden conducirte a la ruina. Como dice la maldición gitana que tengas juicios y los ganes.
Cuando al artista le preguntaron qué significaba su cuadro, respondió que él pintaba y no narraba lo que pintaba. Que cada cual vea la obra como mejor le parezca y esto no es el final, claro.
Ciao!

6/29/2009

Carta abierta al lector Carles G...


(Ralph Barby es el primero de la fila con pantalón corto oscuro y el "bordó" o bastón largo).

Es muy agradable recibir correos de los lectores, especialmente cuando muestran satisfacción por lo leído. Por suerte para mí, los que no entran en mis historias con buen pie no me escriben. Tu correo, Carles, me ha hecho recordar, lo cierto es que nada se borra del “disco duro”. Me cuentas que vas en bicicleta por las montañas y en la mochila llevas novelas de terror mías (y de otros, claro). Por donde tú pasas anduve yo hace muchos años, Cingles del Berti, Montseny, Montnegre, Les Guilleríes. De niño y adolescente fui boy scout, qué tiempos... Recuerdo que subí a Puiggraciós y a una ermita que está por allí íbamos los fines de semana para restaurarla, cargábamos cemento, agua.... más o menos lo que hoy día dicen que son “cooperantes”. También fuimos a limpiar restos de obra al hospital del Cottolengo y repartíamos comida, paquetes de lentejas, arroz, azúcar en hogares deprimidos de “La Perona”. Sí, qué tiempos. Los de la Falange, que luego se nominaron OJE, estaban bien equipados a cuenta de la dictadura, en cambio nosotros nos lo teníamos que costear todo, mi camisa color verde de uniforme la tuve que pagar a plazos. Pero vivíamos los fines de semana con alegría, nos divertíamos mucho incluso haciendo la “BO”, eran tiempos muy duros. La pequeña villa de Sau, cuyas ruinas ahora están bajo las aguas del pantano, por aquel tiempo ya había sido desalojada de habitantes, sólo era ruinas. Allí pasé un frío atroz, a la amanecida todo estaba blanco sin haber llovido, una noche muy difícil. Sí, Carles, me has traído recuerdos. Amo la tierra que pisé, Matagalls, Turó de l’Home, El Pla de la Calma, y que magnífico estar en lo alto de las Cingles del Tavertet, precipicios impresionantes cortados a pico. Lanzábamos el fular al vacío y las corrientes de aire nos lo devolvían. No podía imaginar por aquellos días que luego escribiría historias que, pasados los años, otros como tú leerían por aquellos lugares que son mi país aunque yo sea un urbanita nacido en Barcelona. Tomando los trenes los fines de semana pateé gran parte de Catalunya, dormí bajo las estrellas junto al “fuego de campo”. Ya en nuestra época de escritores, entre novela y novela, aprovechando un día de descanso, en nuestro cochecito nos íbamos a comer a la pura montaña del Montseny, en día laborables no había nadie, es decir, había pájaros, insectos zumbando, el rumor del agua brotando en la fuente.
Cuando lectores como tú y otros que hacen lo propio, al recordar un título de alguna de mis novelas (me voy a ceñir ahora solo al Terror), me decís que guardáis mis novelas, cuando me dan hasta la sinopsis de obras que publiqué hace ya décadas, cuando me dicen hasta en qué mes aparecieron en el mercado, me dejáis apabullado. Os agradezco a ti y a otros que me escriben en el mismo sentido hacerme sentir vivo. Parece que las historias que han ido brotando de mi mente no será fácil que se disuelvan en el polvo del olvido. Estas mismas historias, actualmente repasadas por aquello de algunas presiones de la época y dándoles el soporte que merecen, van a durar mucho más que el propio autor.
Un abrazo, amigo lector.

6/23/2009

NUEVAS EDICIONES NOVELAS TERROR


Tengo el placer de informar que se acaban de editar en los sistemas de “formato libro tradicional” y en “e-book” las inquietantes historias de TERROR

EL ALQUIMISTA DE LA SERPIENTE CIEGA

TENGO MIEDO, POR FAVOR, AYÚDAME

Estas dos novelas, editadas por Ediciones Olimpic S.L. y puestas en el Mercado del Libro por BUBOK SL, han sido revisadas y readaptadas por Àngels Gimeno. Los diseños de portada también son suyos.
Los enlaces para localizar estas historias son los siguientes:

http://www.bubok.com/libros/12124/TENGO-MIEDO-POR-FAVOR-AYUDAME

http://www.bubok.com/libros/12117/EL-ALQUIMISTA-DE-LA-SERPIENTE-CIEGA

Ralph Barby