11/24/2011

Cautiva de las lobas

¿Cómo había llegado hasta aquel llano rodeado de altos menhires? El gran y siniestro dolmen destacaba, dominaba todo el espacio como si una energía telúrica brotara de su interior y los menhires, en círculo, montaban guardia como guerreros surgidos del averno.

La muchacha, apenas una adolescente, se había perdido empujada por los aullidos de los lobos que creía la habían estado acosando. Se sentía sola, absolutamente desprotegida.
Ellas surgieron de la oscuridad, por detrás de los menhires, como si brotaran del interior de las altas piedras. Negras, vestidas con ropajes de un negro total, con los rostros cubiertos por velos negros que impedían ver sus rostros que se adivinaban angulosos, de pieles grisáceas, de pliegues rugosos, rodearon a la joven danzando en círculo al son de una música de tambores casi inaudible al principio, un susurro que fue in crescendo, son de tambores que parecía brotar de entre los árboles que circundaban aquel lugar mágico iluminado por el gran plenilunio que enrojecía por momentos.
El círculo danzante de las hechiceras se agrandaba y se estrechaba en torno a la joven virgen que sentía que su respiración se agitaba. Intentaba escapar y cada vez que corría en una dirección u otra, aquellas brujas desconocidas le cerraban el paso alargando sus manos sarmentosas, amenazantes como garras. Hubiera deseado gritar, tenía mucho miedo, un miedo que galopaba hacia el terror. Su boca, sus labios, buscaban con ansia saliva para humedecerse.
Las manos de las hechiceras fueron rasgándole la túnica que le cubría el cuerpo y fue como si rasgaran su piel, como si trataran de desollarla para buscar su carne joven y elástica, de piel blanca sonrosada de suave tacto que exhalaba un agradable perfume de difícil descripción.
Cuando la doncella notó sobre su cuerpo los primeros tocamientos de aquellas extrañas manos que brotaban de amplísimas mangas negras, se estremeció, tuvo ligeros sobresaltos, pero se fue acomodando. Aquellas manos recorrieron su piel vertiendo sobre ella aceites que despedían perfumes que la enervaban. Notó como múltiples hilos de líquidos fríos, espesos, oleosos, se deslizaban por sus pechos, por sus muslos, por su espalda, buscando la canal que separaba sus bien formadas nalgas, duras y prietas en su juventud adolescente. Los extraños, sabios y a la vez malignos dedos, parecían tener una vida independiente cada uno de ellos: Presionaban, hundían aquellos aceites que había sido macerados con seleccionadas hierbas y secreciones animales obedeciendo a herméticas y milenarias fórmulas esotéricas. La respiración de la adolecente que se precipitaba hacia la vibrante iniciación, se hizo más agitada. Comenzó a ondular su cuerpo, lenta y suavemente al principio, era como si se entregara en cuerpo y espíritu al ritmo de la danza atávica que nadie le había enseñado porque nacía de lo más hondo de su cuerpo, de su mente, del tuétano de sus huesos que ahora semejaban flexibles. La sangre, al circular por sus venas, era como lava incandescente que nacía quizás en un volcán oscuro que se abría entre sus piernas. Sus pupilas semejaban cambiar de color, de un rojo encendido pasaban a ser iridiscentes y después, se tintaban con el amarillo de los ojos de una loba. Ni se dio cuenta de que las hechiceras se alejaban de ella y terminaban por desaparecer por detrás de los menhires.
La doncella quedó sola. Los menhires, como un bosque de gigantescos falos, la rodeaban montando guardia, no se sabía si para que nadie osara acercársele o para que la doncella que era el centro de la ceremonia iniciática no pudiera escapar. Ella, disuelto su miedo, sus terrores, en los aceites que no sólo impregnaban su piel sino que la penetraban, seguía en su danza, agitaba su cuerpo al son de los tambores, una música que semejaba la furia del bosque en noche de tormenta. Sobre la explanada cubierta por suave y húmeda hierba no parecía haber otra criatura que aquella joven desnuda ejecutando la danza que su cuerpo le imponía mientras como única luz tenía el gran plenilunio enrojecido. Se contorsionó como ella misma, antes de llegar allí, jamás hubiera creído que le sería posible conseguir, se inclinó como si quisiera besar la hierba, lamerla, como buscando la fuerza que podría transmitirle la madre tierra a través de las pequeñas hojas.
Quedó de espaldas al gran dolmen, su cuerpo desnudo no tocó la hierba salvo con los dedos de sus pies y de sus manos. Los pechos duros y turgentes colgaron como ubres ofreciendo fuentes de ambrosía, sus pezones se hincharon, se alargaron, apuntando hacia la tierra amenazantes mientras las areolas oscurecían en púrpura violácea. Sus pies se habían separado ofreciendo un ángulo cuyo vértice terminaba en la canal que separaba los glúteos brillantes por los perfumados aceites con que las brujas iniciáticas los habían impregnado, glúteos por las que cualquier hombre podía enloquecer.
Ante sus ojos y no muy lejos de su rostro, la joven descubrió dos canastas de mimbre. De entre los vibrantes tambores emergió un silbo dominante y misterioso. Sin moverse de donde estaba, la muchacha seguía ondulando su cuerpo de arriba a abajo, los promontorios de sus nalgas subían y bajaban. Las tapas de las canastas de mimbre se elevaron lentamente y por ellas aparecieron dos serpientes que no podían calificarse de grandes ni pequeñas. Abandonaron su encierro y reptaron hacia el rostro de la joven que seguía jadeando despacio pero continuadamente. Sus pupilas se dilataron. Los ofidios pasaron por debajo de su rostro, por entre los brazos que la sostenían en aquella postura difícil, y cuando las cabezas llegaron a la altura de los pechos femeninos, cada una de ellas atrapó uno de los pezones como si fuera a devorarlos, a engullirlos. Sintió como agudos y profundos pinchazos, pero en vez de huir aterrorizada, dejó que las serpientes succionaran sus pezones que semejaron encenderse, amoratarse, agrandarse. Aquellas mamadas que eran como pellizcos penetrantes, la obligaron a cimbrear sus caderas y siempre con el cuerpo arqueado en el aire, sin tocar la hierba, el cáliz femenino se fue humedeciendo hasta gotear un liquido fino, brillante y perfumado, fluía como miel de flores silvestres mientras el cáliz se abría con vida propia, obsequioso y anhelante.
Lo que no vio la joven todavía doncella fue la alta figura humana envuelta en amplia capa negra con capucha y cuyo rostro era una siniestra calavera. Aquel espectral sacerdote que había de culminar la iniciación, acababa de surgir del interior del gran dolmen donde se había guarecido en la oscuridad, esperando el instante justo en que debía llenar el gran cáliz de la doncella.
La muchacha notó como un leve vendaval que le llegaba por los pies, que ascendía por sus piernas. Notó que algo duro y grande, suave pero a la vez ardiente, se apoyaba primero entre la canal que separaba sus nalgas, se deslizaba con fuerza rozándole los labios anales y luego se hendía entre los labios abiertos y temblorosos de aquel cáliz de pétalos de oscuro color rosado.
La mujer se sintió sacudida como por la fuerza de un huracán, sus ojos semejaron despedir fuego. Sus labios levemente abiertos jadeaban, les faltaba la respiración y goteaban una saliva blanca que semejaba espesa y enriquecida leche. Lanzó un agudo grito que taladró la densidad de la arboleda del bosque que les circundaba. Quedó quieta, las serpientes habían desaparecido. Sus pechos inflamados hasta lo increíble goteaban sangre y se desplomó exhausta.
Reaparecieron las hechiceras, la cubrieron con varias capas de lana oscura mientras ellas mismas se transformaban en lobas de hirsuto pelaje que trotaron en torno a la cautiva que se les había encomendado custodiar. Los aullidos de loba se multiplicaron mientras el espíritu de la joven parecía engullido por un mundo caótico de rostros infernales que la acosaban. Y entre ellos, adueñándose de todo el espacio, el rostro de un bebé que le sonrió por primera y única vez. Después, la oscuridad de la nada. Ni siquiera se apercibió de que era elevada en el aire y sacada en volandas de aquel extraño y mistérico paraje.

Capítulo extraído de una novela no terminada.

Ralph Barby, 23-11-2011