Una suave ráfaga de aire acarició el rostro de Ainara. Con paso grácil, dejó atrás el chalé de su familia. La urbanización estaba constituida en su totalidad por modernas casas unifamiliares rodeadas de jardín que contrastaban con las vetustas casas del pueblo. Esta diferencia creaba una rivalidad soterrada entre los nuevos habitantes de la villa, que habían escapado de la abigarrada y ensordecedora urbe capitalina para mejorar en calidad de vida, y los vecinos más antiguos.
La joven Ainara tenía familia por parte de padre en aquel lugar, deseaba relacionarse con otras jóvenes de la pequeña población y no le estaba siendo fácil conseguirlo a pesar de que siendo niña, durante las vacaciones estivales, había jugado bastante con ellas.
Esmeraldas en los ojos, mirada limpia, ajustadas las piernas y caderas por unos tejanos blancos, consciente de que los hombres la seguían con la mirada y los labios salivados, avanzó por la estrecha carretera que saliendo de la pequeña villa, conducía a la urbanización de chalés como si fuera un cordón umbilical, apenas medio kilómetro, con amplios cultivos de girasoles a ambos lados del asfalto. Vio avanzar hacia ella un ruidoso todo-terreno que por donde pasaba esparcía una intensa pestilencia a gasoil.
—¡Ainara, sube! —casi gritó una muchacha asomando su cabeza por la ventanilla.
Ainara no se hizo de rogar. Margarita, la conductora, con sus brazos fuertes hizo girar ciento ochenta grados al pesado y anticuado diesel y se salió del asfalto para introducirse en una pista forestal. Las cuatro jóvenes parecían muy contentas y divertidas. Una de ellas conectó el radio-casete poniendo el volumen muy alto. Margarita se excusó:
—Mi padre es un antiguo y no le puso CD a este trasto, pero eso sí, tira fuerte por caminos de mierda.
—¿Adónde vamos? —insistió Ainara.
Sofi, sentada en los asientos posteriores junto a Ainara explicó en tono de confidencia a la vez que contenía la risa con dificultad:
—Sabemos dónde se reúnen los moteros y averiguaremos cuales son sus secretos.
—Y cuando los conozcamos nos reiremos de ellos, son unos gilipollas que se creen muy listos... — rió Eufi.
Mientras el todo-terreno avanzaba dando tumbos por la accidentada pista forestal, las jóvenes no cesaban de parlotear y reír. Ainara tenía una sensibilidad distinta a la de sus amigas, pero el temor a quedarse sola le obligaba a aceptarlas tal como eran y participar en sus cotorreos y risas. Cuando llegaran las primeras lluvias del final del verano, ella marcharía a un internado de la capital para proseguir sus estudios y sólo vería a aquellas amigas de la pequeña población algunos fines de semana, además sus padres le habían hablado de que proseguiría sus estudios en el extranjero. Hablando, riendo y envolviéndoles la música del radio-casete puesto a fuerte volumen, Ainara consiguió que el recorrido por los caminos forestales no le pareciera excesivamente largo. A cada tumbo o bote que daba el vetusto vehículo, las chicas gritaban y reían más.
—¿Te costó mucho sacarte el carnet? —preguntó Ainara a la conductora que antes de responder soltó una aguda carcajada.
—No tengo carnet, ni edad para que me lo den.
El vehículo se detuvo frente a las olvidadas ruinas de un castillo. Sólo un todo-terreno o motocicletas de similares características podían llegar hasta aquel lugar del que casi nadie parecía acordarse, árboles y arbustos devoraban los muros y las piedras esparcidas por el entorno.
—¿Seguro que vienen aquí los chicos? —preguntó Ainara. Miró en derredor y sintió en su cuerpo una desazón difícil de explicar, mas se abstuvo de hacer comentarios negativos sobre aquel lugar que le daba malas vibraciones, en absoluto deseaba enojar a sus amigas.
Eufi cogió una bolsa de la que extrajo dos linternas, se quedó con una y pasó la otra a Margarita. Se internaron en las ruinas abriéndose paso por entre arbustos y maleza que en aquel lugar parecían ocultar extraños misterios. Ainara ahogó un grito al notar que algo saltaba cerca de donde ella estaba.
Margarita se rió.
—Es un conejo, tonta.
Las otras dos amigas apenas pudieron contener las risas. A Ainara no le pareció que pudiera tener tanta gracia el tema del conejo, pero como ella era la víctima de las risas prefirió callarse y seguir internándose en las olvidadas ruinas medievales que no parecían tener mayor atractivo que hiedras, zarzales, y piedras que siglos antes constituyeron muros y que la mano brutal del hombre, más que el barrido de la naturaleza, había desmoronado, desmenuzando la estructura y haciendo olvidar que en el pasado todo aquello fue una fortaleza. Margarita que se había constituido en cabeza o guía del pequeño y alegre grupo, caminó aprisa y con seguridad. Sofí y Eufi la seguían rápidas y cerraba la marcha Ainara, que era la que esquivaba con mayor dificultad los espinosos zarzales y las piedras sueltas que amenazaban con torcerle un tobillo.
Por una ligera pendiente, entre restos de muros y con un suelo cubierto de piedras y plantas espinosas, llegaron a lo que parecía la entrada de una cueva. Encendieron las linternas y horadaron la oscuridad con su luz, estaban excitadas, aunque Ainara no estaba muy convencida de que aquella incursión hacia las entrañas de las olvidadas ruinas constituyera una diversión.
—¡Cuidado, escaleras! — advirtió Margarita.
—¿Hay que bajar mucho? —preguntó Ainara, y como respuesta sólo obtuvo risitas mal contenidas.
Olía a humedad, en alguna parte goteaba agua. Como la escalera descendente carecía de barandas que ofrecieran seguridad, Ainara pasaba sus manos por las paredes buscando puntos de apoyo para evitar caerse encima de sus amigas. Dejaron las escaleras para introducirse por una especie de galería oscura que los conos de luz que emanaban de las linternas barrían con descaro. Llegaron frente a una puerta que en el pasado debió de ser de gruesas maderas y de la que sólo se conservaban las bisagras; el cerrojo oxidado y roído estaba en el suelo, junto a la pared.
—Aquí dentro es donde los moteros hacen sus aquelarres —apuntó Margarita.
Sofí, sabedora de que nadie más salvo sus amigas la rodeaban, se atrevió a aventurar en voz baja y más grave de lo que en ella era habitual:
—Aquí se deben de dar por el culo esos cabrones que se van en sus motos ruidosas pasando de nosotras.
—A mí me han contado que aquí a oscuras se desnudan y se la maman unos a otros y no saben quién se la ha chupado a quién —soltó Eufi confidencial, cargando su voz con un tonillo de asco, un asco que deseaba contagiar a las demás.
Ainara deseó opinar corrigiendo a sus amigas, hubiera deseado decirles que los chicos de las motos no podían hacer aquellas guarradas que ellas contaban. Pero, consciente de que su educación era distinta, de que no le iban a hacer ningún caso o peor aún, que se iban a burlar de ella una vez más, optó por callarse y mirar en derredor. Se hallaban en una estancia relativamente amplia, más amplia de lo que podía sospecharse antes de verla sabiendo que se hallaba a unos metros de profundidad bajo tierra. Los siglos habían pasado sobre la bóveda de aquella estancia, posiblemente una mazmorra múltiple, y la visión de cadenas colgando de una de las paredes le produjo un escalofrío. Las linternas iluminaron los grillones oxidados. De pronto, se sintió cogida por los brazos.
—¡Eh! ¿Qué hacéis?
—Es para que no te caigas —se rió Eufi.
—¡No quiero bromas! —gritó Ainara mientras era arrastrada en contra de su voluntad.
Tropezó con algo, le dieron la vuelta. Margarita sostenía ahora las dos linternas iluminando la pared de donde colgaban las cadenas con grillones en sus extremos. Sofí y Eufi, que iban preparadas para lo que tenían planeado, se apresuraron a acercar las manos de la sorprendida y asustada Ainara a cada una de las cadenas y con sendos rollos de cinta adhesiva de PVC sujetaron a su víctima dando muchas vueltas a la cinta en torno a sus respectivas manos y dejando éstas muy cerca de los grilletes que, por tener antiguos y corroídos remaches, no habían podido abrir y tampoco habrían podido cerrar.
—¡Ya está! —palmeó satisfecha Eufi—. ¡Ya está, ya no puede escapar!
—Ya está bien, ya os habéis divertido bastante, soltadme —exigió Ainara muy molesta.
Margarita, cegándola con la luz de las linternas, le arrojó un jarro de agua helada con sus palabras.
—La última mujer que dejaron sujeta a esa pared se murió sola en la oscuridad.
Ainara quiso ver los rostros de las que había creído sus amigas, pero la luz que emanaba de las linternas penetraba directamente hasta sus retinas y no veía nada, es decir, nada al margen de una luz potente que la obligaba a cerrar los ojos porque le dolían, porque era incapaz de mirar directamente hacia las bombillitas que Margarita le encaraba malignamente.
—¡Ya ha durado bastante la broma, soltadme!
—Ya habéis oído a la pija —silabeó Margarita sarcásticamente burlona—. Quiere que la soltemos y está pisando los huesos de la que se murió antes que ella amarrada a la pared.
Los haces de luz de las linternas descendieron del rostro de Ainara hasta enfocar el suelo, entre los pies de la joven víctima de la insospechada broma. Ainara descubrió entonces que estaba pisando huesos humanos que allí parecían haber quedado abandonados desde no se sabía cuantos siglos. Rompió a chillar como si estuviera pisando ratas vivas, comenzó a saltar y a tirar con sus manos de las cadenas que la sujetaban a la pared y lo único que consiguió fue hacerse daño y machacar los huesos humanos haciéndolos crujir al romperlos con sus zapatos. Los chillidos de Ainara excitaban más a las tres amigas que habían preparado aquella situación más por castigar a Ainara que por divertirse ellas mismas.
—Preparad las velas —pidió Margarita.
Dejó a Sofí y Eufi una de las linternas mientras ella, iluminándose con la otra linterna, fue a buscar algo que había en un rincón, oculto entre hojarasca enmohecida. Regresó al centro de la estancia llevando en su mano algo tan valioso para ellas como un trofeo recién conseguido. Eufi y Sofí habían colocado ya en el suelo, aproximadamente en el centro de aquella mazmorra de tortura medieval y separadas entre sí un par de palmos, dos velas que encendieron a continuación. Las chicas reían nerviosamente, todas reían menos la aterrorizada Ainara que no aceptaba en absoluto aquella especie de broma traicionera y macabra. Y más macabra resultó al descubrir la calavera que las jóvenes depositaban en el suelo, entre las dos velas encendidas y frente a la encadenada Ainara. Las cuencas vacías de la calavera parecían clavarse en sus ojos y adentrarse en su cerebro como dagas enrojecidas por un fuego de forja.
—¡Ya esta bien, ya está bien! —chilló Ainara—. ¡Soltadme, soltadme!
Margarita, molestando deliberadamente a Ainara con la luz de la linterna enfocándole directa a los ojos, gruñó:
—Los moteros dicen que es la calavera de una tía que dejaron aquí encadenada hace mucho, mucho tiempo. Ahora os vais a quedar solas las dos, mirándoos la una a la otra.
—¿Le hacemos un conjuro de brujería? —preguntó Sofí.
Margarita, que parecía ser el cerebro de aquella maligna broma, negó con la cabeza.
—Cuando volvamos a liberarla, habrá envejecido más de diez años, se habrá vuelto tartaja y ya veréis como no se liga más a los chicos con esos aires de pija que se gasta, siempre se ha creído que es más que nosotras. Vámonos.
Abandonaron la mazmorra de tortura medieval dejando a Ainara enfrentada a la calavera iluminada entre las dos velas que terminarían por apagarse, sumiéndola en la oscuridad.
—¡No me dejéis aquí! —aulló entre incontenibles llantos preñados de pánico.
Ya fuera de los subterráneos, mientras se alejaban de las ruinas de la olvidada fortaleza medieval, aún se oían muy apagados los gritos y chillidos de Ainara pidiendo socorro.
—¿No se va a morir ahí abajo? —preguntó Eufi algo preocupada.
—No, que va —aseguró Margarita con rotundidad—. Las velas durarán encendidas más de dos horas, pero volveremos a sacarla de ahí abajo antes de que se apaguen. —Sin dejar de caminar en busca del vehículo todo-terreno añadió—: Leí en una novela que en una situación parecida a la de Ainara, envejeces de golpe, se te llena la cara de arrugas y hasta se te puede quedar el pelo blanco.
—¡Qué horror, el pelo blanco como una vieja! —exclamó Eufi.
Sofí opinó despectiva:
—Ella se lo ha buscado por fastidiarnos tanto y querer quitarnos a los chicos. Lo único que me preocupa es que luego se chive.
—No hay cuidado —opinó Margarita mientras se sentaba al volante del coche de su padre y le daba a la llave poniéndolo en marcha—. ¿Qué nos pueden hacer? Sólo es una broma y además, por la cuenta que le trae, no se va a chivar. Cuando la soltemos ya le diremos que si se va de la lengua le prepararemos otra bromita peor que la que está disfrutando ahora.
Riéndose y con el radio-casete a todo volumen, el vehículo comenzó a rodar dando tumbos por la pista forestal, el recorrido ahora era descendente. Cantaban ebrias de satisfacción. Tomaron una pronunciada curva y en un saliente rocoso de la pista forestal, si es que así podía catalogarse porque apenas pasarían cazadores por allí, el vehículo dio un brinco y saltó ladera abajo golpeando árboles y peñascos. Dejaron de oírse las risas malévolas engendradas por estúpidas y malsanas envidias, ahora era las tres jóvenes las que gritaban aterrorizadas mientras sus rostros se rajaban y sus huesos se partían. El viejo todo-terreno de gasoil semejaba rugir como una bestia herida de muerte, las portezuelas se doblaban y los hierros rotos se clavaban en los cuerpos jóvenes, desfigurándolos. Al fin, la máquina rodante destrozada, con las ruedas encaradas al cielo, quedó inmóvil. La sangre, el aceite, el gasoil se mezclaron ensuciando la tierra.
Al fondo de la garganta todo quedó inmóvil mientras el radio-casete seguía esparciendo una música ahora chirriante por la garganta que, más profunda de lo que podía parecer a simple vista, iba a ocultar la tragedia durante algunos días, quizás demasiados.
La cinta de la casete comenzó a enredarse y terminó por enmudecer, se hizo el silencio. El todo-terreno había quedado inmóvil. Medio oculto por arbustos y cañas de ribera, dejó de humear. Aquel montón de chatarra goteaba ahora lágrimas de sangre
Por el cielo de la olvidada garganta volaba el cuervo, planeaba sobre la soledad de las muertes ignoradas. Aquellos eran sus dominios. Los buitres habían desaparecido, ahítos de carroñas envenenadas. Se levantó un ligero viento que hizo rumorear las hojas de los árboles, y los rumores del bosque disolvieron los gritos soterrados de Ainara que entre lágrimas de terror llamaba a su padre, gritos que ya nadie iba a socorrer mientras las cuencas vacías de la misteriosa calavera seguían fijas en ella.
12/27/2011
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